Autor: Ariel Dorfman y Armand Matterlart

Siglo XXI editores

ISBN 978-987-629-073-9
Con una edición revisada y corregida, Siglo Veintiuno publica este libro clave de la literatura política de los años setenta, que permanece vigente por la temática que aborda: las relaciones familiares, el imaginario infantil, la comunicación, la vida urbana, el ocio, el dinero, el consumo.

Cuando este libro se publicó en Chile en 1972, fue recibido como una afrenta a la moralidad, un intento de socavar el mundo inocente y puro de la niñez. Atacar a Disney, desnudar al ídolo denunciando las falacias contenidas en sus creaciones, significaba quebrar la armonía familiar y, con ello, desarmar la metáfora del pensamiento burgués que Donald encarnaba.

Disney se había convertido, para los autores, en “una reserva incuestionable del acervo cultural del hombre contemporáneo”, de su representación cotidiana. Y su criatura era el portavoz no sólo del american way of life, sino también de los sueños, las aspiraciones y las pautas de comportamiento que los Estados Unidos exigían a los países dependientes para su propia salvación. Así, el cómic se revelaba como un manual de instrucciones para los pueblos subdesarrollados sobre cómo habrían de ser sus relaciones con los centros del capitalismo internacional.

Para leer al pato Donald

$765,00
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Autor: Ariel Dorfman y Armand Matterlart

Siglo XXI editores

ISBN 978-987-629-073-9
Con una edición revisada y corregida, Siglo Veintiuno publica este libro clave de la literatura política de los años setenta, que permanece vigente por la temática que aborda: las relaciones familiares, el imaginario infantil, la comunicación, la vida urbana, el ocio, el dinero, el consumo.

Cuando este libro se publicó en Chile en 1972, fue recibido como una afrenta a la moralidad, un intento de socavar el mundo inocente y puro de la niñez. Atacar a Disney, desnudar al ídolo denunciando las falacias contenidas en sus creaciones, significaba quebrar la armonía familiar y, con ello, desarmar la metáfora del pensamiento burgués que Donald encarnaba.

Disney se había convertido, para los autores, en “una reserva incuestionable del acervo cultural del hombre contemporáneo”, de su representación cotidiana. Y su criatura era el portavoz no sólo del american way of life, sino también de los sueños, las aspiraciones y las pautas de comportamiento que los Estados Unidos exigían a los países dependientes para su propia salvación. Así, el cómic se revelaba como un manual de instrucciones para los pueblos subdesarrollados sobre cómo habrían de ser sus relaciones con los centros del capitalismo internacional.